martes, 11 de agosto de 2009

Poesía. Del libro "La mujer y yo", - 37 -. Miguel Menassa

He fabricado días donde el sol
no conocía su función de amor.
Incendiaba los bosques,
secaba la piel hasta romperla,
derretía los hielos eternos,
descomponía el alba.

Creyendo entender lo que decía
intenté, esta vez, responderle.
Para triunfar en eso que hacíamos
se necesitaban, al menos, treinta años
pero nosotros dos, que éramos geniales,
queríamos producirlo cada vez
que hacíamos el amor o sonreíamos.
Y cuando gozábamos de manera especial
creíamos que a la mañana siguiente debía
estar todo hecho y a las mil maravillas,
creíamos que mientras nosotros gozábamos
como cerdos o como animales enloquecidos
o como estrellas perdidas para siempre,
miles de personas hacían nuestro trabajo.
Al otro día, al levantarnos a la mañana
y encontrarnos sin nada, sólo el goce perdido,
sólo esa música de ayer que se comió la noche,
pensábamos que el mundo no nos escuchaba,
que nuestros increíbles esfuerzos cotidianos
por hacer las cosas bien, eran inútiles.
Cuando nos quedábamos a solas,
sin saber por qué y sin motivos,
también, éramos injustos.

Cuando ella decía "me duele aquí"
la causa siempre era psíquica y banal.
Cuando yo decía "me duele aquí"
la causa siempre era mortal y quirúrgica.
Yo siempre la observo con mucha atención,
ella, a veces se cree y otras, se maldice.
Entenderla, y parece mentira, siempre,
es más complejo que poseerla.
Hay varios caminos para poseerla
pero casi ninguno para entenderla.

Cuando quiero entenderla
por el lado del corazón
ella se define por las tripas.
Cuando busco afanosamente
por el camino de su sexo
ella se define poeta o equilibrista
o líder internacional del movimiento
"LA MUJER, QUERIDO, ES MÁS QUE UN COÑO".
A veces consigo tranquilizarla
pero siempre es a causa de un poema.
Después se hace la distraída
y me habla de follar a la deriva.
Sin nombre y sin dirección, le digo por decir,
y ella arremete lúcida, encantadora:
Sin esa estúpida mirándonos,
sin aquel otro que quiere que me vaya bien,
sin mi madre muriéndose en la página
cada vez que te beso o me acaricias,
libre de tí, ¿comprendes?
libre de nuestros cuerpos.

Sórdido sonido de la noche, murmuré,
llevas razón amada, vendrán otros amores,
vendrán otros amores a generar la nada,
pero tu piel, amada, no se detendrá jamás.

Miguel Menassa (1940)

No hay comentarios: