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miércoles, 7 de marzo de 2012

SÁBADOS DE POESÍA. Recitales de los integrantes del grupo de poesía de los sábados, coordinado por el poeta y psicoanalista Miguel Oscar Menassa

Os invito a participar en estos recitales de poesía. Todos los sábados, a las 20 hs. Esta es la programación del mes de marzo. También se puede ver en: televisión grupo cero

miércoles, 28 de julio de 2010

Un poema de "La Poesía y yo", de Miguel Oscar Menassa

El cuadro es de Miguel Oscar Menassa, "El verbo amar"
Este año quiero comenzar el año
brindando y no escribiendo 
como todos los años anteriores

Brindo por la revolución
porque nací en su tiempo
y por ser éste el tiempo de la furia
brindo por el amor a la revolución
y en ese amor
bebo la sangre y, también,
bebo la poesía de la revolución.

Levanto mi copa cual estandarte
para brindar por la mujer
porque Ella es de la revolución
su poesía.

Brindo por el hombre que no podré ser.

Tiro el contenido de mi copa
a la tierra
y brindo con los muertos.

En mi copa vacía penetran
los espíritus burlones
y poéticos de la noche,
y yo me los bebo
no sólo para divertirme
sino también,
para brindar contra la muerte.

Obscuridad para las luces
que huyen de mi cuerpo
violencia de claveles afiebrados.

Me detengo en la mirada de los amigos
para llenar mi copa con este verso
Arranco de la espesura de la mañana
palpitantes estrofas.

Dejo caer sobre mi cuerpo
vertiente iluminada,
licores y sueños.

Unto mi cuerpo con babas perfumadas,
pólvoras humedecidas por el llanto,
olores de una revolución asesinada
y brindo por mi Patria.

En el intento
de universalizar mi canto
pongo sobre mi cuerpo
las sedas del ocaso
terráqueo sin medida
palabra rota
descuartizado ser
hacia el espacio
brindo por mí.

Delicado y fugaz
me parto en tus entrañas,
como el cristal del tiempo
como el cristal que suena
en la garganta cósmica
canción del Universo.

Hago de las astillas una flor,
dejo que los más pequeños,
rompan la flor entre sus manos
y arrojen al viento
las partes más bellas de la flor

Caballero de la poesía
monto en pelo
a lo indio
una yegua con alas
.



Miguel Menassa (!940)

martes, 11 de agosto de 2009

Poesía. Del libro "La mujer y yo", - 37 -. Miguel Menassa

He fabricado días donde el sol
no conocía su función de amor.
Incendiaba los bosques,
secaba la piel hasta romperla,
derretía los hielos eternos,
descomponía el alba.

Creyendo entender lo que decía
intenté, esta vez, responderle.
Para triunfar en eso que hacíamos
se necesitaban, al menos, treinta años
pero nosotros dos, que éramos geniales,
queríamos producirlo cada vez
que hacíamos el amor o sonreíamos.
Y cuando gozábamos de manera especial
creíamos que a la mañana siguiente debía
estar todo hecho y a las mil maravillas,
creíamos que mientras nosotros gozábamos
como cerdos o como animales enloquecidos
o como estrellas perdidas para siempre,
miles de personas hacían nuestro trabajo.
Al otro día, al levantarnos a la mañana
y encontrarnos sin nada, sólo el goce perdido,
sólo esa música de ayer que se comió la noche,
pensábamos que el mundo no nos escuchaba,
que nuestros increíbles esfuerzos cotidianos
por hacer las cosas bien, eran inútiles.
Cuando nos quedábamos a solas,
sin saber por qué y sin motivos,
también, éramos injustos.

Cuando ella decía "me duele aquí"
la causa siempre era psíquica y banal.
Cuando yo decía "me duele aquí"
la causa siempre era mortal y quirúrgica.
Yo siempre la observo con mucha atención,
ella, a veces se cree y otras, se maldice.
Entenderla, y parece mentira, siempre,
es más complejo que poseerla.
Hay varios caminos para poseerla
pero casi ninguno para entenderla.

Cuando quiero entenderla
por el lado del corazón
ella se define por las tripas.
Cuando busco afanosamente
por el camino de su sexo
ella se define poeta o equilibrista
o líder internacional del movimiento
"LA MUJER, QUERIDO, ES MÁS QUE UN COÑO".
A veces consigo tranquilizarla
pero siempre es a causa de un poema.
Después se hace la distraída
y me habla de follar a la deriva.
Sin nombre y sin dirección, le digo por decir,
y ella arremete lúcida, encantadora:
Sin esa estúpida mirándonos,
sin aquel otro que quiere que me vaya bien,
sin mi madre muriéndose en la página
cada vez que te beso o me acaricias,
libre de tí, ¿comprendes?
libre de nuestros cuerpos.

Sórdido sonido de la noche, murmuré,
llevas razón amada, vendrán otros amores,
vendrán otros amores a generar la nada,
pero tu piel, amada, no se detendrá jamás.

Miguel Menassa (1940)

jueves, 18 de junio de 2009

Poesía. Del libro "La Mujer y Yo", - 36 -. Miguel Menassa

Hoy voy a escribir un verso
donde voy a retratar
el alma mia, que enferma,
vaga sin poder parar,
buscando un alma gemela
que la pueda consolar.

Mas la mitad que le falta
nunca ha sido su mitad
por eso que al encontrar
lo que con tesón buscaba,
no se adapta, no combina,
no tiene armonía, no.

Me quedo con lo encontrado
mas nunca podré decir
que lo que encuentro, buscaba.

Por ejemplo, una noche al llegar del trabajo
ella me dijo: A mi amiga no le gusta su cuerpo,
haz el favor de amarla,
ámala, para que el mundo gane una mujer.

Y así fuimos alterando nuestra razón
porque nuestra razón era lo único alterable.
Con nuestro cuerpo hacíamos malabarismos
para ponerlo contento.
Temíamos más las respuestas de nuestro cuerpo
a nuestras acciones que el peso mismo de la ley.
Había algo dictatorial en nuestras vidas
y eso eran nuestros cuerpos.

Después vendrán los estallidos de la vida
y toda piel tocará su arrebato,
toda voz su dolor.

Es por eso que me voy a despedir,
amada, en este verso,
del mundo de las cosa y de tí.

Él ese día me hablaba con sinceridad:

Si de vivir se trata, cien años más,
hay que saberlo, amada, ni tu cuerpo
ni el mundo de las cosas dura tanto.
Sin cosas y sin cuerpo, las palabras,
las palabras sencillas serán nuestra vida.
No será necesario decir madre o amor
para sentir escalofríos.
Y un día ha de romperse el tiempo
y empezaremos a caer
mas, sin cosas y sin cuerpo,
ha de ser fácil para el viento
llevarnos, en sus propias entrañas,
alrededor de todo el universo.

Pero eso es como la muerte, le dije,
y me dejé deslizar por la pendiente
que, en realidad,
era el tobogán de nuestra infancia.

Sucia de arena y de besos, esta vez,
desperté para siempre.

Miguel Menassa (1940)

martes, 19 de mayo de 2009

Poesía. Del libro "La Mujer y Yo", - 12 -. Miguel Menassa

Destierro de mi vida el llanto,
lastimero, por lo que no tendré.
Observo con inteligencia varonil
lo que ya nunca habrá y no lloro,
no maldigo haber nacido hombre
ni que hayan existido antes de nacer
las veredas, el canto, el sexo abierto,
la locura, las calles alumbradas,
el terraplen, los pájaros cayendo.
Que hubo antes de mí, hermosas mujeres
que amaron a otros hombres, tuvieron otra piel.

Acepto sin rencor provenir del polvo
en todos los sentidos, tierra y amor,
sexo y delirio, todo polvo del polvo.

Quevedo aquí, Vallejo a mi costado,
Machado doliéndose del camino hecho
y tú y yo y el mundo, amada, que nos traga,
si no dejamos de llorar no veremos el sol.
Así, le dije, que lo decido hoy mismo,
aquí contigo en nuestra propia casa:
Los muertos no existen, ya están muertos
no sé porqué, dolidos, seguir llorándolos.
Y la vida, exactamente, plena no existe,
¿para qué seguir ambicionando eso?

Sin sufrir por lo que ya no se ambiciona,
sin llorar ni a los idos ni a los muertos,
comenzaremos a escribir un nuevo verso
y ese verso, clave del tiempo atravesada
por la pequeña alegría personal
de sentirnos felices sin nada que llorar,
morirá para siempre la pobreza,
el mal querer, la angustia por el sexo
pero nunca habrá ni paz, ni libertad
y seremos bellos, altos, bien alimentados
y nos pasaremos siempre haciendo la guerra
contra los feos, bajitos, mal alimentados...

A ver, mi amor,
me dijo ella al borde del enfado,
un verso llano, posible, cerca de la tierra
sobre el que se pueda caminar sin sobresaltos.
Un verso que nos diga la verdad de la vida,
que nos hable con claridad del dolor,
de la pequeña esclavitud de las mujeres,
un verso, querido, que haga la guerra
y que lave los platos con nosotras.
A ver, querido, un verso, que me libere de tí
quiero verte decir, sereno, en algún verso
que tu amor podrá sostener mi libertad.

Abre la celda donde me custodias,
libérate en un verso, vuela fuera de tí.
Mirad, mujeres, mi hombre se arrodilla
al paso, inquietante de la bella.
Escribe, amor, en un poema, que tu amor
ilimitado y eterno, terco e infinito,
es capaz de alegrarse con mi partida
y esperar que yo crezca para amarme.
A ver, querido, escribe en un poema...

Compulsado por ella intenté decirle la verdad:
Fumo y escribo desde los doce años,
cuando me dejan solo me masturbo
y estoy contento siempre sin saber porqué
y a tí te amo porque sí, sin apenas motivos.
Por eso, ahora, quiero extenderme
en un verso sencillo, en plena tierra,
en el centro mismo del asfalto
para poder amarte sin murallas
y entregarme fatal a tu ceguera
y dejar escrito en algun verso:
Amo su libertad, amada señora
y más que eso,
la pienso todo el día en libertad
y nunca pude comprender porqué
te quedabas, sumisa, a mi lado
esperando que yo consiguiera
alguna libertad y te la regalara.

Después, llegué a pensar que nome amabas
que estabas a mi lado porque mi belleza
mi manera de entregar mi cuerpo al amor
te defendían de Dios y un poco de tu madre.
Y, luego, algunos sucesos sin mayor importancia
siempre necesitabas un dinero que nunca tenías.
Eras terca y celosa de la manera más sencilla,
"no quiero, no quiero, no quiero y no me importa"
y te abrías de piernas y cerrabas tu corazón
y yo, no te comprendía, pero te amaba,
te amaba con fervor, sensible a tus palabras
siempre te hice creer que te deseaba.
Que era yo el que quería esto o aquello,
trabajé duramente hasta conseguir
construir en el mundo tus ambiciones
pero te hacía creer que mías eran tus ideas.

Ella me interrumpió convulsionada para decir:
Es verdad que hay cosas que Dios no me permite
y de preferir
preferiría que mi madre viva para siempre
y, también, es verdad, que ciertas tardes
se hicieron algo más claras con tu dinero
pero yo, mi querido, quiero dejar claro
que no soy ni terca ni envidiosa y
me gustaría recordarte sin malas intenciones
que la primera escena de celos me las hiciste tú.

Y desear, mi amor, ¿quién entiende el desear?
Tú me deseas, me deseas, así quieres que crea
pero sólo me besas cuando siento ese ardor,
cuando mis labios se incendian de locura.
Tú me deseas, tú me deseas, así lo dices
y yo ni puedo, siquiera, tolerar la ternura,
pero cuando yo transcurro indiferente,
a tus caricias, a tus besos ardientes,
sin pronunciar gemidos ni palabras,
enloqueces, de sentirte impotente
y cuando consigo pensar en otra mujer,
el deseo, mi deseo por ella corroe tus entrañas
y como un niño gozas y juegas como un niño,
y como un niño sólo vives por mi deseo.

No quise responderle, mas le dije:
Mi madre vive en ultratumba,
en un paraje, por mí, desconocido
y niño soy y seré siempre, mas no alcanza
y en cuanto al goce te diré: estás en lo cierto,
un hombre sólo goza si ella lo desea
y cuando ella se equivoca y desea con fuerza
que él vuelva del mundo derrotado y triste
el hombre vuelve a casa triste y derrotado
y ella, entonces, alcanza el cenit de la magia
resucita al moribundo y le concede un sueño:
Sueña que eres feliz, querido, que nunca te engañé,
que siempre fuiste sincero de tu parte, verdadero.

Miguel Menassa (1940)

martes, 12 de mayo de 2009

Del libro "La Mujer y Yo", - 47 -. Miguel Menassa

A medida que me acerco a los setenta años
comprendo con lujuria que estoy un poco solo.
Los jóvenes que crecen todo el tiempo
y los adultos que tienen problemas de dinero
y las bellas mujeres que vivirán al lado mío,
hasta que la muerte, en verdad, nos separe,
están muy ocupadas con sus cosas
con su propia vejez que se les viene encima
sin prisa pero sin ningún recato.

Así que te lo digo, a los setenta años,
conseguiré quedarme solo,
sin lazos de amor y de dolor,
solo, atado al mundo que me toca vivir
por palabras, por versos, algo de música
algún color desesperado con luz propia.
Pensando así, la verdad, amor mío
¿a quién no le gustaría envejecer?

A mí, me dijo ella, a mí
no me gustaría envejecer ni sola
ni mal acompañada y ya más de mil veces,
te dije, amado mío, que envejecen las plantas,
los muebles, el pavimento, las armas de guerra
pero la mujer, el sexo y la alegría no envejecen.

La sentí tan segura que llegué a pensar
que ella, de alguna manera, me decía:
Podrán envejecer hasta tus versos
pero nuestro amor, querido, no envejecerá,
aquí estoy yo, para sostenerlo,
y era tan hermosa cuando lo decía
que yo la vi diosa y desnuda,
desnuda y valiente toda para mí
y ahí fue cuando no tuve
miedo de envejecer o de morir.

Ella me habló del mar y yo lo entendí todo:
su carne esplendorosa sería la guarida
de mi vida carnal y mi palabra
y su carne, sin límites, del deseo,
la pulsión desmedida de mi canto,
será tumba de amor para mis huesos.

Palabra contra piedra, piedra contra palabra
se escribrirá una historia, tal vez, de amor.

Hoy dos amantes mueren y, a la vez,
perduran en un verso de amor
donde la muerte atada por palabras
unidas entre sí al sol,
ocupada, con alguna inocencia,
de sus cosas, nos dejará
vivir un día más, un amor más,
nos dejará terminar este poema.

Y, después, dijo ella resignada,
la muerte perseguirá a los amantes
hasta alcanzarlos y algo les dirá,
algo les dirá, repitió ella, interrogándome.

Bueno, le dije yo, tranquilizándola,
si se tratara de nosostros dos
la muerte no diría nada.
Se quedaría enmudecida, pálida de dolor,
por tener que matar tanta hermosura.

Pero algún dia, igual, lo hará
insistió, ella, terca y ensombrecida
y yo, macho y cantor,
sin darme cuenta de mis años
le dije toda la verdad:

Tenemos como cien años, amor mío,
algún día vendrá.

Miguel Menassa (1940)